ARTÍCULO 3:
Montar la resistencia en Sumercé

Recomendaciones

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  • Ver la película Sumercé (Victoria Solano, Colombia, 2019). Puedes encontrar la película aquí.ENLACE
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 Victoria Solano

Los inicios suelen ser momentos centelleantes, rebosan un entusiasmo descontrolado parecido a la locura, los inicios son momentos a los que podemos volver a mirar casi  con ternura para preguntarnos: ¿qué nos hacía sentirnos tan optimistas e irracionales en  el momento exacto en que decidimos hacer una película?, ¿sabíamos que nos  acompañaría tantos años?, ¿teníamos conciencia hasta qué límite nos desafiaría?, ¿imaginábamos cuánto podría cambiar nuestra manera de ver la vida?  

Cuando pienso en el gesto de decidir traer al mundo una película, de parir una historia,  se me viene la imagen de una persona que un día va un a lugar indeterminado, pone una  piedra sobre otra y mira el espacio vacío con la certeza de que allí habrá una casa que él  o ella construirá con sus propias manos. Esa persona no sabe exactamente cómo lo hará  y la gran mayoría de veces no tiene dinero para hacerlo, pero aún así, o tal vez por ello,  el momento en el que un ser humano, especialmente uno tercermundista, decide hacer  una película es un momento épico, requiere de una pasión espumeante que servirá de  impulso durante todo el proceso.  

En mi caso este momento ocurrió a mediados de 2013,  por esos días los campesinos tenían bloqueadas las carreteras principales de Colombia exigiendo al gobierno mejores condiciones para cultivar, yo acababa de estrenar mi Documental 9.70 sobre la legislación que privatizaba el uso de semillas en Colombia y decidí liberarlo en youtube en apoyo al paro agrario, de esa manera llegaron más de un millón de espectadores a manos del movimiento campesino que proyectó el documental en sábanas, paredes o cualquier otra pantalla improvisada en las concentraciones campesinas.

Me propuse hacer llegar a ese movimiento la investigación completa sobre semillas que tenía en mis manos para que la usaran como insumo en sus negociaciones, me contacté con algunos líderes y con la carta de presentación de “ella es la de las semillas” me ayudaron a cruzar los diferentes bloqueos. El  camino fue un viaje al centro de la resistencia campesina, caminé con ellos, comí con ellos, conocí  sus pensamientos, sus historias, sus motivaciones, su lucha. Cuando llegué al lugar de destino tuve la epifanía: haría una película sobre resistencia campesina.

 De la idea a la película

En 2014 la idea  tomó forma de proyecto y tuve claro que debía ser una historia contada a varias voces, elegí tres líderes campesinos que había conocido en el recorrido del paro agrario, dos hombres y una mujer de la región cundiboyacense, la película se llamaría “Sumercé”. Escribí, investigué y cada día veía más claro el camino, lo veía posible. Pero todo esto seguía siendo apenas el inicio. Los siguientes dos años recorrí una curva enorme de aprendizaje pasando por encuentros y mercados documentales, en ese escenario fui adquiriendo más herramientas para contar la historia que quería contar y concreté la alianza con una coproductora para buscar juntas el financiamiento. En 2016 ganamos el fondo nacional de cine colombiano FDC y el fondo internacional IDFA Bertha Fund que es un fondo europeo enfocado en apoyar directores y directoras que no pertenecen al primer mundo y para quienes la financiación es el principal obstáculo a la hora de contar una historia.

Gracias a ese apoyo empezamos el rodaje, fueron días intensos dentro del páramo cumpliendo horario de líderes campesinos, nos levantábamos a las cuatro de la mañana y nunca dormíamos antes de las doce de la noche, designé una cámara para hacer planos de establecimiento, es decir los planos generales del lugar donde sucedía la acción, y otra que seguía constantemente al personaje principal. Durante meses fuimos con ellos  a todas partes desde la socialización de una ley en una casa campesina hasta una intensa campaña por la gobernación de un departamento.

El rodaje es un estado de toma de decisiones sostenido. En cada momento el director o directora tiene que elegir un plano en vez de otro, un lugar en vez de otro, decidir en qué momento cortar o seguir filmando. Muchas de esas decisiones son tomadas  a partir del conocimiento de los personajes y del terreno, otras son más intuitivas, son prácticamente apuestas para cazar la realidad, pero la realidad es esquiva y hay que persistir varias veces en el intento, cambiar la estrategia, seguir apostando. Aunque vertiginoso y efímero, el rodaje es el terreno de la posibilidad.

El montaje en cambio, es un momento diferente. El montaje es el develador del error,  el señalador del faltante, el momento cúspide de la crisis. En el montaje se contabilizan los  materiales, se cuentan los minutos, se planea el detalle. En el momento del montaje el creador se encuentra por primera vez a solas con el material que rodó, verá por primera vez materializado en algo tangible el proyecto que inició varios años atrás, evaluará plano por plano a nivel técnico, narrativo y estético para decidir qué imágenes serán parte de la película y cuáles  desechará. Decisión que será definitiva.

El Montaje

En el año 2017 entré por primera vez a la sala de montaje de mi película documental  “Sumercé”. Habían pasado más de tres años desde el día que decidí hacerla. Todas las decisiones que había tomado como directora plasmadas en imágenes y sonidos, agrupados en archivos de computadora, cada uno de ellos debería tener la capacidad de ensamblarse con otros para construir la idea con la que habían sido filmadas. Además, debían tener la calidad técnica suficiente para ser parte de una película para cine. Esa sería la lupa bajo la que me disponía a evaluar tantos años de trabajo.

Empecé el proceso de montaje con un tera de material filmado y una idea fija: quería contar una historia coral. Una película en la que los tres personajes fueran igual de importantes y se cuenten de manera entrecruzada aunque tengan historias distintas. En una película coral el clímax y destino de cada personaje se ve atravesado de la misma manera por algo, en el caso de Sumercé ese elemento era la lucha campesina y la defensa de los páramos.

El primer objetivo era ver el material y organizarlo en posibles escenas, yo trabajaría  sobre el papel, mi editor sobre el material filmado, nos planteamos cuatro semanas de  trabajo. 

La primera semana veía y clasificaba material durante ocho horas diarias. Diseñe un  formato de script, un documento en el que ponía el número de tarjeta y de clip, la fecha en la que fue grabado, transcribía los diálogos, anotaba si el sonido y la imagen estaban tomadas correctamente. Luego me hacía la pregunta central sobre cada uno: ¿esta secuencia de planos es una unidad dramática?, ¿es esto una  escena? y si lo es, ¿cuál es su sentido narrativo?, ¿qué tiene para decir?, ¿qué papel puede jugar en el sentido total de la película? 

Subrayaba, clasificaba, hacía grupos dramáticos en bloques de papel y marcaba con  símbolos especiales todos los lugares donde creía que las historias de los personajes podían tocarse entre sí, dos veces a la semana me reunía con el editor y veía sus avances. La diferencia entre el material filmado y lo que recordaba en mi mente que había filmado era bestial. Era común que extrañara momentos específicos que recordaba claros y  nítidos en mi recuerdo, pero la cámara los había tomado desdibujados. Había otros casos, en los que el material me sorprendía, veía escenas y diálogos poderosos tomar forma  dentro de la pantalla. Un proceso de constantes ires y venires, algunas veces eufórico de emoción, otras veces un desierto desolado.  

A partir de la tercera semana empezaron a aparecer algunas escenas montadas por el  editor, eran unidades narrativas y algunas de ellas sin duda eran hermosas, pero seguían siendo piezas sueltas sin nada que las amalgamara. Fue en ese momento, en el que  apareció la pregunta que extendería su sombra larga sobre mis pensamientos de los  próximos meses: ¿rodé muchas horas, pero no rodé lo que necesitaba? 

Desde la escritura la película fue planteada como un documental coral de tres  personajes, tres líderes campesinos que habían participado en el paro agrario de 2013  en Colombia y que habían continuado su liderazgo los años siguientes: dos hombres y  una mujer. El gran reto del documental era que ninguno de ellos tuviera un  protagonismo superior al otro, que cada uno contara su historia y fuera al tiempo una  pieza de una historia más grande, y era eso justamente lo que no se estaba logrando en la sala de edición. 

Al finalizar las cuatro semanas pactadas junto con el editor nos sentamos a ver lo que se  llama en documental el “primer corte”, que es la edición más avanzada de montaje de camino a  la pieza final, pero todavía susceptible de cambios. Se dividía en tres capítulos: Don  Eduardo, César Pachón y Rosa Rodríguez, eran tres piezas separadas, no había  documental coral ni dinero para seguir adelante con el proceso solo quedaba la aplastante sensación de haber fallado. 

Esa tarde salí de la sala de edición abrazada a los discos que tenían el material y caminé  durante horas pensando cómo podía seguir adelante. Estaba de vuelta al punto cero, pero que suerte que los inicios sean momentos centelleantes y que suerte que la pasión  espumante que funda una película en la mente humana no sepa muy bien como irse  del cuerpo. El rastro de esa primera voluntad fue el lugar de donde recogí fuerzas para  seguir adelante desde ese punto, como un segundo punto de partida. 

Pasé noches enteras repasando secuencia tras secuencia, indagando el script, releyendo  mis anotaciones durante el rodaje. Luego junto con mi productor nos sentamos en la computadora y editamos nosotros mismos el material, lo amasamos, lo dejamos reposar  y empezamos a probar nuevas estrategias de montaje. Para principios de 2018 teníamos una nueva versión de la película, yo sabía que no era la final, pero esta versión nos dio  la posibilidad de ir al encuentro de primeros cortes del Festival Internacional de Cine de  Guadalajara y allí ganó el premio Film 4Climate y el fondo Tribeca. Ambos impulsos fueron absolutamente necesarios para terminar la película. 

Ese escenario permitió que entrara en escena la tercera y última montajista que  vino  recomendada por mi co-productora Paula Vaccaro, con la promesa de que además de  trabajo y talento podía darle a mi película la única cosa que yo no podía darle: distancia  suficiente para interpretar el material.

 

Le mandé todo lo que tenía montado, las escenas, mi script, mis notas, pero ella me  pidió algo más. Me pidió que escribiera todo lo que creía que mi película tenía para decir. Entonces, volví a la escritura: cerré los ojos y recordé todos los años de proceso que en ese  momento ya eran más de cuatro y volqué todo lo que sabía y lo que sentía en palabras.  He escuchado que la ficción se parece a la pintura porque se trata de ejecutar el plan del  pintor en un lienzo, pero que el documental se parece más a la escultura porque el director va descubriendo qué tipo de película puede hacer a partir del material que  tiene, de la misma manera en la que un escultor descubre su obra a partir de la forma  que le ofrece la piedra. 

En el montaje final la montajista usó las escenas del primer y del segundo montaje y las trenzó para conseguir un montaje nuevo,  le dio sentido a los años de trabajo y se ocupó de sacar las cosas que sobraban para hilvanar una historia con la otra. Por fin tenía una historia coral.

Cuando lo vi reconocí inmediatamente que estaba viendo el corte final, las primeras personas a las que llamé fueron don Eduardo, doña Rosa y César, los personajes del documental, ninguno de ellos estaba en su casa, estaban hablando con la gente, haciendo trabajo legislativo o reuniendo a los vecinos en contra de una  minera que había llegado al páramo. Seguían siendo líderes campesinos de tiempo completo.

Llegar al final de una película es también un momento único, pero dudo que se parezca a la sensación de terminar de construir una casa, creo que es más visceral, más convulso, está lleno de matices y sentimientos encontrados, quizás terminar una película se parezca más a la experiencia de parir un hijo, en el que reconoces cada detalle pero te sorprende todos los colores y rasgos nuevos que le agregó tu equipo, tus personajes y la realidad misma que es indomable.